En el ser humano la infancia es el periodo de vida que inicia desde el nacimiento hasta la adolescencia, está caracterizada por nutridas interacciones en los ámbitos familiares, sociales y académicos; en general se puede afirmar que este periodo es vital para el crecimiento físico y emocional. No existe ningún adulto actual que no haya sido niño en algún momento de su desarrollo, recibiendo protección, afecto, atención y cuidado de nuestros padres y/o familias. Paralelamente y como parte del mismo proceso, gran parte de las personas que actualmente viven dentro de la etapa de madurez son padres de uno o varios hijos, esto los coloca en una posición de ventaja, ya que pueden actuar (desde la experiencia) aconsejando, orientando e interviniendo positivamente en el pensamiento y actos de sus hijos, forjando su personalidad y carácter. A juzgar por la realidad, vivimos un “Cambio de épocas y una época de cambios”, partiendo que el estilo de nuestra crianza contiene rasgos y características que prevalecieron en la sociedad durante siglo pasado. Si el apego es fundamental, lo es aún más gestionar e implementar elementos cualitativos y cuantitativos que van a identificar la formación familiar desde sus mismos orígenes. Idealmente, de forma planificada deben dialogar los padres de familia aspectos como: Horarios de distracción, gestión de emociones, responsabilidades domésticas, normas básicas de convivencia y respeto hacia los demás, horarios de sueño, tipo de distracciones, rutinas de higiene, virtudes morales, habilidades sociales, sustento religioso entre otras.
Sin lugar a duda el impacto y los beneficios de estructurar desde los inicios de la infancia estos aspectos impactará en la construcción de una personalidad firme y equilibrada en los menores, propiciando autonomía, socialización, comportamientos, responsabilidades y gestión de emociones. Debemos reconocer una realidad: Muchas veces aprendemos a ser padres improvisando y principalmente replicando formas y modos con los que fuimos cuidados, copiando esos momentos y trasladándolos integra o parcialmente al presente. Si la experiencia y prácticas de los adultos fueron positivas se convertirán en semillas que harán germinar el amor en el corazón de los niños. Sin embargo, si el modelo formativo inicial, del cual estamos tomando un ejemplo, fue sobre la base de gritos, exigencias y descuidos, existe una alta probabilidad que se trasladen erróneamente a los hijos, perjudicando irreversiblemente la formación de los niños y a largo plazo atando patrones en los adultos de forma negativa y tristemente heredándolos en la nueva generación. Es imperativo romper con cadenas que limitan el buen ejercicio paterno, debemos despertar nuestra conciencia; ello se puede alcanzar trazando como papás una visión y misión tanto en las vidas como en el destino de los hijos, sobre la base del amor y los valores morales.
