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EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA

Como forma de vida, la democracia nos remite al desarrollo de nuestras capacidades de diálogo, al cultivo por la diversidad y a la disposición para aprender de los otros que siempre son, en mayor o menor grado, diferentes; a nuestro gusto por la ética, es decir a aprender a saborear los valores, a nuestra habilidad para resolver pacífica y constructivamente los conflictos que son constitutivos de nuestro ser humanos y humanas; en fin, al desarrollo de nuestra responsabilidad social en el ejercicio de nuestra libertad.

La educación hace referencia a procesos de aprendizaje, o sea a la construcción de conocimientos, de ideas, de significaciones, de afectos, de capacidades, de valores, sobre la relación con las demás personas, sobre la relación con la naturaleza, sobre la relación conmigo mismo y sobre la relación con lo trascendente. Esta construcción implica prácticas de transmisión, de asimilación, de apropiación y de autogeneración de esos conocimientos, capacidades, afectos, y valores.

De acuerdo con la síntesis elaborada por la comisión internacional presidida por Jacques Delors para la UN ESCO en 1995, la educación, como práctica social, se sostiene en cuatro pilares:

  1. Aprender a aprender que implica el desarrollo de habilidades cognitivas para el análisis, la síntesis y la construcción de hipótesis y rutas de conocimiento.
  2. Aprender a hacer que tiene que ver con el desarrollo de capacidades técnicas, tecnológicas, artesanales, artísticas y científicas.
  3. Aprender a ser que refiere al desarrollo de valores y al gusto por la ética, al desarrollo de convicciones y a la superación de toda forma de fundamentalismo.
  4. Aprender a convivir que exige el desarrollo de nuestras habilidades para el diálogo, para el trabajo en grupos, para la construcción de consensos y la resolución pacífica de conflictos.

Trazados los conceptos e ideas anteriores podemos decir que hay una relación “natural” entre los términos educación y democracia; que ambas se hacen posibles y se retroalimentan en su potencialidad y calidad. Es decir, una buena educación puede contribuir a garantizar una buena democracia y una buena democracia puede contribuir a garantizar una buena educación.

La educación nos debería preparar para el ejercicio de la democracia, prepararnos para ayudar a fortalecer y recrear nuestras instituciones y leyes, para construir significados y referencias de participación y convivencia en los espacios públicos y también para construir nuestra ciudadanía crítica y activa. La democracia nos debería garantizar nuestro derecho a gozar de nuestros derechos humanos, entre ellos, el derecho a la educación. Si volteamos la mirada hacia la educación podemos advertir como existen desigualdades en el acceso y calidad a la misma, sobre todo en aquellas comunidades más distantes, en las cuales no existen condiciones apropiadas de infraestructura, metodología y tecnología. La democracia debe traer justicia y equidad sociales, premisas insustituibles para fortalecer a la educación.

La lucha por mejorar la calidad de nuestra democracia debe ir acompañada de acciones sustantivas y reales de parte de las autoridades, atendiendo a las nuevas generaciones y brindándoles oportunidad de desarrolló a través de acciones que garanticen el ingreso, la permanencia y el egreso exitoso del sistema educativo.